|
|
Vladimir Lossky
(1903-1958)
Nació e1 8 de Junio de 1903, lunes de Pentecostés. Después de sus estudios en Petrogrado, llega a Paris en 1924. Pronto, una fuerte amistad lo une a Eugraf Kovalevsky y entra en la Cofradia San Focio, con vistas a una ortodoxia universal, capaz de revivificar las tradiciones ortodoxas de la Francia de los once primeros siglos. Casado en 1938, tuvo cuatro niños. En 1945 enseña teología en el Instituto Ortodoxo San Dionisio para formar a los presbíteros de la iglesia Ortodoxa de Francia. Escribe obras esenciales: Teologia Mística de la iglesia de Oriente (1944); A la Imagen y Semejanza de Dios (1967);etc. Muere el 7 de febrero de 1958.
Teología y Mística en la Tradición
de la
Iglesia de Oriente
Barcelona, Herder, 1982.
Introducción
os
proponemos estudiar aquí algunos aspectos de la espiritualidad oriental en
relación con los temas fundamentales de la tradición dogmática ortodoxa.
Con la expresión "teología mística" no se designa, pues, aquí sino una
espiritualidad que expresa una actitud doctrinal.
En cierto sentido, toda teología es mística, en la
medida en que manifiesta el misterio divino, los elementos procedentes de
la revelación. Por otra parte se opone a menudo la mística a la teología,
como un campo inaccesible al conocimiento, como el misterio inexpresable,
un fondo oculto que puede ser vivido más bien que conocido, entregándose a
una experiencia específica que sobrepasa nuestras facultades de
entendimiento, antes que a una aprehensión cualquiera de nuestros sentidos
o de nuestra inteligencia. Si se adoptara sin reserva este ultimo concepto,
oponiendo resueltamente la mística a la teología, se llegaría finalmente a
la tesis de Bergson, quien distingue, en Deux saurces, la "religión
estática" de las iglesias, religión social y conservadora, y la "religión
dinámica" de los místicos, religión personal y renovadora. ¿En qué medida
tenía razón Bergson al afirmar esta oposición? La cuestión es difícil de
resolver, tanto más difícil cuanto que para Bergson los dos términos que
él opone en el terreno religioso se fundan en los dos polos de su visión
filosófica del universo: la naturaleza y el impulso vital. Pero, con
independencia de la actitud bergsoniana, se expresa a menudo la opinión
que quiere ver en la mística un campo reservado a unos pocos, una
excepción a la regla común, un privilegio concedido a unas cuantas almas
que gozan de la experiencia de la verdad, mientras que los demás tienen
que contentarse con una sumisión más o menos ciega al dogma que se impone
exteriormente como una autoridad coercitiva. Acentuando esta oposición, se
va a veces demasiado lejos, sobre todo si se fuerza un tanto la realidad
histórica; se llega, así, a poner en conflicto a los místicos y los
teólogos, los espirituales y los prelados, los santos y la Iglesia. Basta
recordar varios pasajes de Harnack, "La vie de sa¡nt François" de Paul
Sabatier, y otras obras, debidas las más de las veces a historiadores
protestantes.
La tradición oriental jamás ha distinguido netamente
entre mística y teología, entre la experiencia personal de los misterios
divinos y el dogma afirmado por la Iglesia. Las palabras que, hace un
siglo, dijo un gran teólogo ortodoxo, el metropolitano Filareto de Moscú,
expresan perfectamente esta actitud: "Ninguno de los misterios de la más
secreta sabiduría de Dios debe parecernos ajeno o totalmente trascendente,
sino que, con toda humildad, debemos adaptar nuestro espíritu a la
contemplación de las cosas divinas". Dicho de otro modo, al expresar el
dogma una verdad revelada que nos aparece como un misterio insondable,
debemos vivirlo en un proceso durante el cual, en vez de asimilar el
misterio a nuestro modo de entendimiento, será preciso, por el contrario,
que cuidemos de un cambio profundo, de una transformación interior de
nuestra mente, a fin de hacernos aptos para la experiencia mística. Lejos
de oponerse, la teología y la mística se sostienen y se complementan
mutuamente. La una es imposible sin la otra: si la experiencia mística es
una fructificación personal del contenido de la fe común, la teología es
una expresión, para la utilidad de todos, de lo que puede ser
experimentado por cada cual. Fuera de la verdad guardada por el conjunto
de la Iglesia, la experiencia personal estaría privada de toda certidumbre,
de toda objetividad; sería una mezcla de lo verdadero y de lo falso, de la
realidad y de la ilusión: el "misticismo" en el sentido peyorativo de la
palabra. Por otra parte, la enseñanza de la Iglesia no tendría ninguna
influencia sobre las almas si no expresara en cierto modo una experiencia
íntima de la verdad dada, en diferente medida, a cada uno de los fieles.
No hay, pues, mística cristiana sin teología, pero sobre todo no hay
teología sin mística. No es casualidad que la tradición de la Iglesia de
Oriente haya reservado especialmente el nombre de "teólogos" a tres
escritores sagrados, el primero de los cuales es san Juan, el más
"místico" de los cuatro evangelistas; el segundo, san Gregorio Nacianceno,
autor de poemas contemplativos; y el tercero, san Simeón, llamado "el
nuevo teólogo", cantor de la unión con Dios. La mística es, pues,
considerada aquí como la perfección, la cumbre de toda teología; como una
teología por excelencia.
Contrariamente a la gnosis, en la que el conocimiento
en sí constituye la meta del gnóstico, la teología cristiana es siempre,
en último lugar, un medio, un conjunto de conocimientos que deben servir a
un fin que excede a todo conocimiento. Este fin último es la unión con
Dios, o deificación, la "Theosis" de los padres griegos. Se llega así a
una conclusión que puede parecer harto paradójica: la teoría cristiana
tendrá un sentido eminentemente práctico, y ello con tanto mayor motivo
cuanto que es más mística y apunta más directamente al supremo fin de la
unión con Dios.
Todo el desarrollo de las luchas dogmáticas sostenidas
por la Iglesia en el transcurso de los siglos, si se enfoca desde el punto
de vista puramente espiritual, nos aparece dominado por la preocupación
constante que la Iglesia ha tenido de salvar, en cada momento de su
historia, la posibilidad de que los cristianos alcancen la plenitud de la
unión mística. En efecto, la Iglesia lucha contra los gnósticos para
defender la idea misma de la deificación como fin universal: "Dios se hizo
hombre para que los hombres puedan volverse dioses". Afirma, contra los
arrianos, el dogma de la Trinidad consubstancial, porque es el Verbo, el
Logos, quien nos abre el camino hacia la unión con la divinidad, y si el
Verbo encarnado no tiene la misma substancia con el Padre, si no es el
verdadero Dios, nuestra deificación es imposible. La Iglesia condena el
nestorianismo, para abatir la barrera con la cual, en el propio Cristo, se
ha querido separar al hombre de Dios. Se alza contra el apolinarismo y el
monofisismo, para mostrar que, al haber asumido el Verbo la plenitud de la
verdadera naturaleza humana, nuestra naturaleza entera debe entrar en
unión con Dios. Combate a los monotelitas porque fuera de la unión de las
dos voluntades, divina y humana, no se podría alcanzar la deificación: "Dios
creó al hombre por su sola voluntad, pero no puede salvarlo sin el
concurso de la voluntad humana". La Iglesia triunfa en la lucha por las
imágenes, al afirmar la posibilidad de expresar las realidades divinas en
la materia, símbolo y garantía de nuestra santificación. En las cuestiones
que se plantean sucesivamente sobre el Espíritu Santo, sobre la gracia,
sobre la propia Iglesia -cuestión dogmática de la época en que vivimos-,
la preocupación central, el envite de la lucha es siempre la posibilidad,
el modo o los medios de la unión con Dios. Toda la historia del dogma
cristiano se desarrolla alrededor del mismo núcleo místico, defendido con
armas diferentes contra adversarios múltiples en el transcurso de las
épocas sucesivas.
Las doctrinas teológicas elaboradas en el transcurso de
esas luchas pueden tratarse en su más directa relación con el fin vital
que debían ayudar a alcanzar: la unión con Dios. Se presentarán entonces
como bases de la espiritualidad cristiana. Así lo entendemos cuando
queremos hablar de "teología mística". No se trata de la mística
propiamente dicha: experiencias personales de los diferentes maestros de
vida espiritual. Por otra parte, estas experiencias nos resultan, las más
de las veces, inaccesibles, incluso cuando encuentran una expresión
verbal. ¿Qué se puede decir, en efecto, acerca de la experiencia mística
de san Pablo?: "Conozco a un hombre en Cristo que fue, hace catorce años,
arrebatado hasta el tercer cielo (si fue en su cuerpo, no lo sé, si fuera
de su cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe). Y sé que este hombre (si fue en su
cuerpo o sin su cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) fue arrebatado al paraíso y
oyó palabras inefables que no le es concedido a un hombre expresar: (2 Cor
12,2-4)". Para arriesgarse a emitir un juicio cualquiera respecto a la
naturaleza de esta experiencia, habría que saber más de ella que san
Pablo, que reconoce su ignorancia ("no lo sé, Dios lo sabe"). Dejamos a un
lado deliberadamente toda cuestión de psicología mística. No son tampoco
las doctrinas teológicas como tales lo que tenemos intención de exponer
aquí, sino tan sólo los elementos de teología indispensables para
comprender una espiritualidad; dogmas que constituyen la base de una
mística. Ésta es la primera definición y limitación de nuestro tema, que
es la teología mística de la Iglesia de Oriente.
La segunda determinación de nuestro tema se
circunscribe, por decirlo así, en el espacio: el campo de nuestros
estudios sobre la teología mística será el Oriente cristiano o, más
precisamente, la Iglesia ortodoxa de Oriente. Hay que reconocer que esta
limitación es un tanto artificial. En efecto, al no datar la ruptura entre
el Oriente y el Occidente cristianos más que de mediados del siglo XI,
todo lo anterior a esa fecha constituye un tesoro común, inseparable de
ambas partes desunidas. La Iglesia ortodoxa no sería lo que es si no
tuviera a san Cipriano, san Agustín o san Gregorio Magno; como la Iglesia
católica romana no podría prescindir de san Atanasio, de san Basilio o de
san Cirilo de Alejandría. Por consiguiente, cuando se quiere hablar de
teología mística de Oriente o de Occidente, se coloca en el cauce de una
de las dos tradiciones que, hasta cierto momento, siguen siendo dos
tradiciones locales de la Iglesia una, que dan testimonio de una sola
verdad cristiana, pero que se separan a continuación y dan lugar a dos
actitudes dogmáticas diferentes, inconciliables en varios puntos. ¿Se
puede juzgar ambas tradiciones colocándose en un terreno neutral, tan
ajeno a una como a otra? Sería juzgar el cristianismo como no cristiano,
es decir, resistirse por anticipado a entender cualquier cosa del objeto
que se tiene intención de estudiar. Porque la objetividad no consiste de
ningún modo en colocarse fuera del objeto, sino, por el contrario, en
considerar el objeto en sí mismo y por si mismo. Hay terrenos en donde lo
que comúnmente se llama "objetividad" no es más que indiferencia y en
donde indiferencia significa incomprensión. En el estado actual de
oposición dogmática entre Oriente y Occidente es preciso, pues, si se
quiere estudiar la teología mística de la Iglesia de Oriente, elegir entre
dos actitudes posibles: colocarse en el terreno dogmático occidental y
examinar la tradición oriental a través de la de Occidente, es decir,
criticándola; o bien presentar dicha tradición bajo el aspecto dogmático
de la Iglesia de Oriente. Esta última actitud es para nosotros la única
posible.
Se nos objetará, quizá, que la disensión dogmática
entre Oriente y Occidente no fue más que accidental, que no desempeñó un
papel decisivo, que se trataba más bien de dos mundos históricos
diferentes que tarde o temprano debían separarse para seguir cada uno su
propio camino; que la disputa dogmática no fue más que un pretexto para
romper definitivamente la unidad eclesiástica, la cual, de hecho, hacía
mucho tiempo que no existía ya. Tales afirmaciones, que se dejan oír muy
frecuentemente tanto en Oriente como en Occidente, son debidas a una
mentalidad puramente laica, a la costumbre general de tratar la historia
de la Iglesia según los métodos que prescinden de la naturaleza religiosa
de la Iglesia. Para un "historiador de la Iglesia", el factor religioso
desaparece, encontrándose reemplazado por otros, como el juego de los
intereses políticos y sociales; o el papel de las condiciones étnicas o
culturales, consideradas como fuerzas determinantes en la vida de la
Iglesia. Se cree más listo, más al día, invocando estos factores como las
verdaderas razones dirigentes de la historia eclesiástica. Un historiador
cristiano, aunque reconoce la importancia de estas condiciones, apenas
puede resignarse a considerarlas diferentemente que exteriores al ser
mismo de la Iglesia; no puede renunciar a ver en la Iglesia un cuerpo
autónomo, sometido a una ley distinta de la del determinismo de este
mundo. Si se considera la cuestión dogmática sobre la procesión del
Espíritu Santo, que dividió a Oriente y Occidente, no se la puede tratar
como un fenómeno fortuito en la historia de la Iglesia, considerada como
tal. Desde el punto de vista religioso, es el único motivo que cuenta en
la concatenación de los hechos que condujeron a la separación. Aunque
condicionada, quizá, por varios factores, esta determinación dogmática fue,
para unos como para otros, un compromiso espiritual, una toma de partido
consciente en materia de fe.
Si frecuentemente se está inclinado a quitarle
importancia al hecho dogmático que determinó todo el desarrollo ulterior
de ambas tradiciones, es debido a una cierta insensibilidad con respecto
al dogma, considerado como algo exterior y abstracto. La espiritualidad es
lo que cuenta, dicen; la diferencia dogmática nada cambia. Sin embargo,
espiritualidad y dogma, mística y teología, están inseparablemente ligados
en la vida de la Iglesia. Por lo que se refiere a la Iglesia de Oriente,
como hemos dicho, no establece una distinción bien nítida entre la
teología y la mística, entre el terreno de la fe común y el de la
experiencia personal. De ahí que, si queremos hablar de la teología
mística de la tradición oriental, no podremos tratar dicho tema de otro
modo que dentro de los límites dogmáticos de la Iglesia ortodoxa.
Antes de abordar nuestro tema, es necesario que digamos
unas cuantas palabras sobre la Iglesia ortodoxa, poco conocida hasta hoy
en Occidente. El libro del padre Congar, "Chrétiens désunis", notabilísimo
en muchos aspectos, en las páginas consagradas a la ortodoxia, pese a
todas sus preocupaciones por la objetividad, no deja de estar sometido a
ciertas opiniones preconcebidas respecto a la Iglesia ortodoxa. "Donde
Occidente -dice-, sobre la base, a la vez desarrollada y limitada, de la
ideología agustiniana, reivindicará para la Iglesia la autonomía de una
vida y de una organización propias y fijará en ese sentido las líneas
maestras de una eclesiología muy positiva, Oriente admitirá prácticamente,
e incluso a veces teóricamente, para la realidad social y humana de la
Iglesia, un principio de unidad político, no religioso; parcial, no
verdaderamente universal". Para el padre Congar, como para la mayor parte
de los autores católicos o protestantes que se han expresado al respecto,
la Ortodoxia se presenta bajo el aspecto de una federación de iglesias
nacionales, que tienen como base un principio político: la Iglesia de un
Estado.
Hay que ignorar tanto los fundamentos canónicos como la
historia de la Iglesia de Oriente para arriesgarse a semejantes
generalizaciones. La opinión que quiere fundar la unidad de una iglesia
local en un principio político, étnico o cultural está reputada por la
Iglesia ortodoxa como herejía especialmente designada por el nombre de
filetismo. Es el territorio eclesiástico, la tierra consagrada por la
tradición más o menos antigua del cristianismo, lo que constituye la base
de una provincia metropolitana, administrada por un arzobispo o
metropolitano, con obispos para cada diócesis, que se reúnen en sínodo de
cuando en cuando. Si bien las provincias metropolitanas se congregan en
grupos y forman iglesias locales bajo la jurisdicción de un obispo que
lleva a menudo el título de patriarca, es la propia comunidad de tradición
local y de destino histórico, así como la comodidad para convocar un
concilio de varias provincias, lo que dirige la formación de esos grandes
círculos jurisdiccionales, cuyo territorio no corresponde necesariamente a
los limites políticos de un Estado.
El Patriarca de Constantinopla goza de cierta primacía
de honor, haciéndose a veces árbitro en las diferencias, sin ejercer una
jurisdicción sobre el conjunto de la Iglesia ecuménica. Las iglesias
locales de Oriente tenían más o menos la misma actitud con respecto al
patriarcado apostólico de Roma, primera sede de la Iglesia antes de la
separación, símbolo de su unidad. La ortodoxia no admite un jefe visible
de la Iglesia. La unidad de ésta se expresa mediante la comunión de los
jefes de las iglesias locales, por el acuerdo de todas las iglesias
respecto a un concilio local y que adquiere, por eso mismo, un valor
universal; por último, en casos excepcionales, puede manifestarse por un
concilio general. La catolicidad de la Iglesia, lejos de ser privilegio de
una sede o centro determinado, se realiza más bien en la riqueza y
multiplicidad de las tradiciones locales, que dan testimonio unánime de
una sola verdad: lo que es guardado siempre, en todo lugar y por todos.
Siendo católica la Iglesia en todas sus partes, cada uno de sus miembros
-no solamente el clero, sino también cada laico- es llamado a confesar y
defender la verdad de la tradición, oponiéndose aun a los obispos si caen
en la herejía. Un cristiano que haya recibido el don del Espíritu Santo en
el sacramento del santo crisma no puede ser inconsciente en su fe; para la
Iglesia es siempre responsable. De ahí el carácter agitado y a veces
turbado de la vida eclesiástica en Bizancio, en Rusia y en otros países
del mundo ortodoxo. Pero ése es el precio de una vitalidad religiosa, de
una intensidad de vida espiritual que penetra al pueblo de los creyentes,
unido por la conciencia de formar un solo cuerpo con la jerarquía de la
Iglesia. De ahí también esa fuerza invencible que permite a la Ortodoxia
atravesar todas las adversidades, todos los cataclismos y trastornos
adaptándose siempre a la nueva realidad histórica, mostrándose más fuerte
que las condiciones exteriores. Las persecuciones contra la fe en Rusia,
cuya furia metódica no ha podido destruir a la Iglesia, son el mejor
testimonio de esa fuerza que no es de este mundo.
La Iglesia ortodoxa, aunque es llamada comúnmente la
Iglesia de Oriente, no deja de considerarse sin embargo como la Iglesia
ecuménica. Y esto es verdad en el sentido de que no está limitada por un
tipo de cultura determinada, por la herencia de una civilización,
helenística u otra, por formas culturales estrictamente orientales. Por
otra parte, "oriental" quiere decir demasiadas cosas a la vez: El Oriente
es menos homogéneo, desde el punto de vista cultural, que Occidente. ¿Qué
hay de común entre el helenismo y la cultura rusa, a pesar de los orígenes
bizantinos del cristianismo en Rusia? La Ortodoxia ha sido la levadura de
demasiadas culturas diferentes, para ser considerada como una forma
cultural del cristianismo oriental: estas formas son diversas, la fe es
una. A las culturas nacionales no ha opuesto jamás una cultura que se
repute de específicamente ortodoxa. Por eso la obra de la misión pudo
desarrollarse tan prodigiosamente : la cristianización de Rusia en los
siglos X y XI y, más tarde, la predicación del Evangelio a través de toda
el Asia. Hacia el fin del siglo XVIII la misión ortodoxa llegó a las islas
Aleutianas y Alaska, pasó a continuación a América del Norte, creando
nuevas diócesis de la Iglesia rusa fuera de Rusia, propagándose en la
China y en el Japón. Las variedades antropológicas y culturales, desde
Grecia basta las extremidades del Asia, desde Egipto hasta el océano
Glacial, no destruyen el carácter homogéneo de esta familia de
espiritualidad, muy diferente de la del Occidente cristiano.
La vida espiritual en la Ortodoxia conoce una gran
riqueza de formas, de entre las cuales el monacato permanece la más
clásica. Sin embargo, contrariamente al monacato occidental, el de Oriente
no comprende una multiplicidad de diferentes órdenes. Esto se explica por
el concepto mismo de la vida monástica, cuyo fin no puede ser sino la
unión con Dios en el renunciamiento total a la vida de este siglo. Si el
clero secular (sacerdotes y diáconos casados) o las cofradías de laicos
pueden ocuparse de obras sociales o dedicarse a otras actividades
exteriores, ocurre de otro modo con los monjes. Toman el hábito ante todo
para consagrarse a la oración, la obra interior, en un claustro o un
eremitorio. Entre un monasterio de vida común y la soledad del anacoreta
que continúa las tradiciones de los padres del desierto, hay varios tipos
intermedios de instituciones monásticas. Se podría decir, en general, que
el monacato oriental es exclusivamente contemplativo, si la distinción
entre las dos vías, contemplativa y activa, tuviese el mismo sentido en
Oriente que en Occidente. En realidad, ambas vías son inseparables para
los espirituales orientales: la una no puede ejercerse sin la otra, puesto
que la maestría ascética, la escuela de la oración interior, reciben el
nombre de actividad espiritual. Si bien los monjes ejercen a veces
trabajos físicos, es sobre todo con un fin ascético, para mejor conseguir
romper la naturaleza rebelde; también para evitar la ociosidad, enemiga de
la vida espiritual. Para alcanzar la unión con Dios, en la medida en que
ésta es realizable aquí abajo, es preciso un esfuerzo continuo o, más
precisamente, velar incesantemente por que la integridad del hombre
interior, "la unión del corazón y el espíritu" (para emplear la expresión
ascética ortodoxa) resista todos los embates del enemigo, todos los
movimientos no razonados de la naturaleza caída. La naturaleza humana debe
cambiar, debe ser transfigurada cada vez más por la gracia, en el camino
de la santificación que tiene un alcance no solamente espiritual sino
también corporal y, de este modo, cósmico. La obra espiritual de un
cenobita o de un anacoreta que vive retirado del mundo, aun cuando quede
inadvertida para todos, conserva todo su valor para el universo entero.
Por eso las instituciones monásticas han gozado siempre de una gran
veneración en todos los países del mundo ortodoxo.
El papel de los grandes focos de espiritualidad fue muy
considerable no solamente en la vida eclesiástica, sino también en el
terreno cultural y político. Los monasterios del monte Sinaí; de Studion,
cerca de Constantinopla; la "república monástica" del monte Athos, que
reunía a los religiosos de todas las naciones (incluidos monjes latinos
antes de la separación); otros grandes centros fuera del Imperio como el
monasterio de Tirnovo en Bulgaria y las grandes abadías (lavra) de Rusia -Pechen,
en Kiev, Santísima Trinidad, cerca de Moscú- fueron ciudadelas de la
Ortodoxia, escuelas de vida espiritual cuya influencia religiosa y moral
fue de primerísimo orden en la formación cristiana de los pueblos nuevos.
Pero si el ideal del monacato tenía tan grande influencia en las almas, no
era, sin embargo, la única forma de vida espiritual que la Iglesia
proponía a los fieles. La vía de la unión con Dios puede seguirse fuera de
los claustros, en todas las condiciones de la vida humana. Las formas
exteriores pueden cambiar, los monasterios pueden desaparecer, como han
desaparecido hoy en Rusia, pero la vida espiritual continúa con la misma
intensidad encontrando nuevos modos de expresión.
La hagiografía oriental, sumamente rica, muestra junto
a los santos monjes varios ejemplos de perfección espiritual adquirida en
el mundo por simples laicos, por personas casadas. Conoce también vías de
santificación extrañas e insólitas, como la de los "locos en Cristo" que
cometían actos extravagantes para ocultar sus dones espirituales a la otra
gente, bajo la apariencia horrenda de la locura, o mejor dicho para
liberarse de los lazos de este mundo en su expresión más íntima y más
molesta para el espíritu, la de nuestro "yo" social. La unión con Dios se
manifiesta algunas veces por los dones carismáticos, como por ejemplo el
de la dirección espiritual ejercida por los startzy o "ancianos". La mayor
parte de las veces son monjes que han pasado muchos años de su vida en
oración, cerrados a todo contacto con el mundo y que, al final de su vida,
abren ampliamente las puertas de su celda a todos. Poseen el don de
penetrar en las profundidades insondables de las conciencias; revelar los
pecados y dificultades interiores que, las más de las veces, nos son
todavía desconocidos; enderezar las almas abrumadas; dirigir a los hombres
no solamente en su vía espiritual, sino también en todas las peripecias de
su vida en el siglo.
La experiencia individual de los grandes místicos de la
Iglesia ortodoxa nos sigue siendo desconocida las más de las veces. Salvo
algunas raras excepciones, la literatura espiritual del Oriente cristiano
apenas posee relatos autobiográficos en lo que toca a la vida interior,
como los de santa Angela de Foligno, Enrique Suso, o como "La historia de
un alma" de santa Teresa de Lisieux. La vida de la unión mística es casi
siempre un secreto de Dios y del alma, que no se confía al exterior si no
es al confesor o a algunos discípulos. Lo que se hace público son los
frutos de la unión: la sabiduría, el conocimiento de los misterios divinos
que se expresa en una enseñanza teológica o moral, en consejos que deben
edificar a los hermanos. En cuanto al lado íntimo y personal de la
experiencia mística, permanece oculto de la vista de todos. Hay que
reconocer que el individualismo místico aparece en la literatura
occidental bastante tarde, hacia el siglo XIII. San Bernardo no habla
directamente de su experiencia personal sino muy raramente, una sola vez
en los "Sermones sobre el Cantar de los Cantares", y aún así con una
especie de pudor, a ejemplo de san Pablo. Hizo falta que se produjera una
cierta escisión entre la experiencia personal y la fe común, entre la vía
indirecta y la vía de la Iglesia para que la espiritualidad y el dogma, la
mística y la teología se hicieran dos terrenos distintos, para que las
almas, al no encontrar ya alimento suficiente en las sumas teológicas, se
pusieran a buscar con avidez los relatos de las experiencias místicas
individuales, a fin de introducirse de nuevo en una atmósfera de
espiritualidad. El individualismo místico permaneció ajeno a la
espiritualidad de la Iglesia de Oriente.
El padre Congar tiene razón cuando dice: "Nos hemos
vuelto hombres diferentes. Tenemos el mismo Dios, pero somos ante él
hombres diferentes y no podemos convenir en la naturaleza de la relación
entre nosotros y Él". Pero para juzgar bien esta diferencia espiritual
habría que examinarla en sus más perfectas expresiones, en los tipos
diferentes de los santos de Occidente y de Oriente después de la
separación. Podríamos entonces darnos cuenta del estrecho vínculo que
existe siempre entre el dogma confesado por la Iglesia y los frutos
espirituales que produce, porque la experiencia interior de un cristiano
se lleva a cabo en el círculo trazado por la enseñanza de la Iglesia,
encuadrado en el dogma que modela su persona. Si ya una doctrina política
profesada por los miembros de un partido puede formar las mentalidades,
hasta producir tipos de hombres que se distinguen de los demás por ciertos
signos morales y psíquicos, con mayor razón el dogma religioso logra
transformar la mente misma de los que lo confiesan: son hombres diferentes
de los demás, de los que han sido formados por otro concepto dogmático.
Nunca se comprendería una espiritualidad si no se tuviera en cuenta el
dogma que está en su base. Hay que aceptar las cosas tal como son y no
tratar de explicar la diferencia entre las espiritualidades de Occidente y
Oriente por causas de orden étnico o cultural, cuando una causa mayor, una
causa dogmática, está en juego. Tampoco hay que decirse que la cuestión de
la procesión del Espíritu Santo o de la naturaleza de la gracia carecen de
gran importancia en el conjunto de la doctrina cristiana, que sigue siendo
más o menos idéntica en los católicos romanos y los ortodoxos. En los
dogmas tan fundamentales, este "más o menos" es lo importante, porque
presta un acento diferente a toda la doctrina, la presenta bajo otra
apariencia, es decir, da lugar a otra espiritualidad.
No queremos hacer "teología comparada" ni, menos aún,
resucitar las polémicas confesionales. Nos limitamos aquí a hacer constar
el hecho de una diferencia dogmática entre el Oriente y el Occidente
cristianos, antes de examinar algunos elementos de teología que están en
la base de la espiritualidad oriental. Corresponderá a nuestros lectores
juzgar en qué medida estos aspectos teológicos de la mística ortodoxa
pueden ser útiles para la comprensión de una espiritualidad ajena a la
cristiandad occidental. Si permaneciendo fieles a nuestras actitudes
dogmáticas pudiésemos llegar a conocernos mutuamente -y de especial manera
en lo que nos hace diferentes-, sería con certeza una vía hacia la unión,
más segura que aquella que hiciese poco caso de las diferencias. Porque,
por citar la frase de Karl Barth, "la unión de las iglesias no se hace,
sino que se descubre".
|