MENSAJE de Su Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé para el Día Mundial del Medio Ambiente (05 de junio 2010)
En la medida en que en el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, desde hace mucho tiempo nos preocupamos por los problemas relacionados con la preservación del entorno natural, hemos comprobado que la causa fundamental del abuso y destrucción de los recursos naturales del mundo es la codicia y la tendencia constante hacia la riqueza sin límites por los ciudadanos en las llamadas naciones “desarrolladas”.
Los Santos Padres de nuestra Iglesia han enseñado y vivido las palabras de San Pablo, según el cual “si tenemos comida y ropa, nos contentaremos con estos” (1 Tim. 6, 8), adhiriéndose al mismo tiempo a la oración de Salomón: ” No me des pobreza ni riquezas; manténme del pan de mi juicio;” (Proverbios 30:8) Todo lo que está más allá de esto, como San Basilio el Grande instruye, “raya en la ostentación prohibida”.
Nuestro predecesor en el trono de Constantinopla, San Juan Crisóstomo, exhorta: «En todas las cosas, debemos evitar la codicia y el exceso de nuestra necesidad” (Homilía sobre el Génesis XXXVII) puesto que esto, en última instancia, nos entrena para convertirnos en crudos e inhumanos» (Homilía LXXXIII sobre Mateo), “ya no permitiendo a las personas ser personas, sino transformandolos en bestias y demonios.” (Homilía sobre 1 Corintios XXXIX).
Por lo tanto, convencidos de que el cristianismo ortodoxo implica desechar todo lo superfluo y que los cristianos ortodoxos son “buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4, 10), concluímos con un mensaje simple de un cuento clásico, del que todos podrán razonablemente deducir cómo la gente sin educación, pero fiel y respetuosa, percibe el medio ambiente natural, y cómo éste se debe mantener puro y próspero:
En los Dichos de los Padres del Desierto en el Sinaí, se dice de un monje conocido como el justo Jorge, al que ocho sarracenos hambrientos una vez que se le acercaron para que los alimente, pero no tenía nada que ofrecerles porque sobrevivía únicamente con alcaparras crudas y salvajes, cuya amargura podía matar incluso a un camello. Sin embargo, al verlos muriendo de un hambre extremo, le dijo a uno de ellos: “Toma tu arco y cruza este monte, allí, encontrarás un rebaño de cabras salvajes. Dispara a una de ellas, a la que tú desees, pero no trates de disparar a otra. “El sarraceno de inmediato se levantó y, como le aconsejó el anciano, disparó y sacrificó a uno de los animales. Pero cuando trató de disparar a otra, de inmediato su arco se rompió. De esta manera volvió con la carne y relató la historia a sus amigos. “
Su querido hermano en Cristo y Ferviente suplicante ante Dios,
BARTOLOME
Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma
y Patriarca Ecuménico


